El ejército de poetas

Se mueren los poetas y crece el desierto.
Se arrían las banderas y se olvidan las batallas.
Guerreros imperiales de la palabra contra el miedo
Sus voces y sus versos y los fusiles encendidos posponen aún la tragedia.
Lo intuíamos pasmados cuando murió el exquisito Borges y lo supimos con desesperación y certeza cuando se fueron Armando y Hamlet.
Se mueren los poetas y crece la angustia.
Las sombras imponentes quieren ocuparlo todo, en nombre de la muerte y a caballo de la desidia y el miedo.
¿Será, por fin que triunfaron los oficinistas y los militares, los decretos y los números?
¿Habrán llegado primero los formularios y los relojes, las cuentas y los hombres grises?
Allá, no muy lejos, en ese horizonte insondable nacen ruidos lúgubres de finales atroces y amores inconclusos.
Se arremolinan los enemigos mortales del magnífico ejército de poetas.
Por entre los destellos rojos y negros profieren conjuros malditos, los que creen que han ganado la guerra. Los dictadores, los asesinos, el hambre, las flores muertas y las lágrimas.
Se organizan en hordas imperiales y patéticas, planeando el ataque final, la última tenaz mordida a las caricias y los besos urgentes.
Se mueren los poetas y crece la furia.
Y Armando profiere un:
Mi canción es un libro
que se escribe con el viento
y una imprenta indeleble
-la guitarra del pueblo-,
a lo largo de América
lo imprime a cielo abierto.o
Es increíble: he muerto
y ando por mi casa.
Vienen amigos. Beben
y, minuciosamente,
se acuerdan del pasado.
Verso y palo, sangre y poesía los formidables aliados de la vida descargan una andanada de amor y palabras, pasión y madrugadas y Hamlet dice:
Hay hombres que caminan por las calles
con un sol en la frente, un diamante de luz,
con hambre de otra vida, con aire de combate,
hay hombres que se sientan a la mesa
y reparten su pan con gusto solidario.
Hay hombres que despiertan y sonríen
mientras dicen: hoy es el día.
Dan la mano como un acto de fiesta,
saludan como cantando un himno.
Hay hombres que de noche tienen sueños justos,
destierran ángeles corruptos
y al despertar, para salvar la tribu
van presurosos a sus puestos de lucha.
Esos que son así, como usted, son los hombres libres.
Se mueren los poetas, resisten y velan al Mario del exilio eterno y lo liberan, y también velan sus armas: Las flores, los amigos, la coherencia, el testimonio y la memoria, los pueblos, los amaneceres y los vinos. Las guitarras, las coplas, el pan, los patios de tierra, las manos juntas y los desafíos.
Se preparan los poetas que quedan, se juntan en los caminos.
Comparten su honor y su senda y también su enorme destino.
La batalla es interminable:
A balas pan, a muertes madres, a frialdad pasión encendida.
El ejército de poetas te busca, necesita la parte de tu corazón que no ha muerto todavía.
Que retoñe tu vendaval, tu misterio, tu magia y tu osadía.
Que renazcas, te vuelvas a inventar y te nombres voraz y rabioso guerrero de la vida.
Que de cada uno de tus dedos broten máximas de justicia, razones útiles, sentencias firmes y acciones comprometidas.
Que tus hijos sientan orgullo de ti, de lo que significas todavía.
A cada hombre lo aguarda una lucha, una espada, un manto y un amigo.
El ejército de poetas celestiales prepara una final embestida:
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
(Mario Benedetti)













































